Spiderman: Brand New Day

Hola, comunidad de Pausa y Play. Fui al cine, compré mis cabritas con el dolor de mi alma (porque están a precio de bencina, digamos las cosas como son), y me senté a ver qué le depara el destino a nuestro amigable vecino en Spider-Man: Brand New Day. Y cabros, esta reseña es 100% SIN SPOILERS, así que pueden leer tranquilos mientras hacen la fila virtual para pagar la luz.

De salvar el universo a boletear a honorarios

Si algo nos deja claro esta película desde el minuto uno, es que Peter Parker está en la misma etapa que la mayoría de nosotros: tratando de sobrevivir a la adultez sin un colapso nervioso.

Olvídense de los trajes con nanotecnología pagados por multimillonarios con complejo de mesías. Aquí no hay un Tony Stark que te preste la tarjeta de crédito ni un Doctor Strange que te arregle los cagazos mágicamente. Peter está más abandonado que gimnasio en enero. Nadie se acuerda de él, no tiene pitutos, y su superpoder principal ahora mismo es tratar de que le aprueben un contrato de arriendo sin pedirle seis meses de garantía y un aval con sueldo de gerente.

Es cuático cómo lograron que nos identificáramos tanto con un superhéroe. El verdadero antagonista de esta película no es un tipo con tentáculos mecánicos ni un duende volador; es la inflación, la precariedad laboral y el transporte público. Ves a Spiderman columpiándose por la ciudad y tú piensas: “Puta, ojalá no rompa el traje porque seguro no tiene plata para la tintorería”.

Menos luces de neón, más olor a calle

Lo bacán de Brand New Day es que vuelve a lo básico. Es una película con olor a asfalto, a cuneta, a metro en hora punta. Las peleas ya no son en el espacio exterior contra aliens morados que quieren borrar la mitad del universo; son en callejones lúgubres contra criminales que probablemente andan con la misma cara de sueño y odio que uno un lunes a las 8 de la mañana.

Tiene ese toque indie, casi precario, que le hacía mucha falta al personaje. Peter está literalmente haciendo malabares emocionales y económicos. Es como cuando te independizas y te das cuenta de que el confort y el lavalozas no aparecen mágicamente en la despensa. Esa es la tragedia moderna que vive nuestro protagonista.

Humor para reír y no llorar

El guion logra ese equilibrio hermoso donde el weón sufre, tú te ríes de su miseria, y a los tres segundos te das cuenta de que tú estás igual o peor, y te ríes de nuevo para no ponerte a llorar ahí mismo en la butaca. Es un humor súper empático, casi terapéutico. Te hace sentir que, si Spiderman tampoco sabe qué hacer con su vida amorosa ni con sus finanzas, entonces uno no está tan mal.

La conclusión de Pausa y Play

¿Vale la pena ir a verla? Absolutamente. Es fresca, es terrenal y te recuerda por qué Spiderman es el mejor de todos: porque al final del día, después de salvar a un par de personas y que más encima la prensa hable mal de él, igual tiene que llegar a su departamento enano a comerse unos fideos con vienesa porque no le alcanzó la plata para pedir delivery.

Vayan al cine. Apaguen el cerebro un rato, disfruten de las peleas cuerpo a cuerpo (que están grabadas increíble), y salgan agradecidos de que, aunque la vida esté dura, por lo menos no tienen que pelear contra mafiosos usando mallas de lycra que no transpiran nada.

Nota final: 4.5/5 telarañas.

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